Entre la euforia y la cautela desmedida

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El Celta lleva tantos meses en el alambre que todavía no se pueden creer todo lo bueno que le está pasando. De colista a tres puntos de Champions en apenas un mes. De no meterle un gol al arco iris a encontrar red por todos lados. De ser una verbena en defensa a construir una fortaleza casi inexpugnable. De parecer un equipo de barrio a asemejarse al Bayern de Múnich. Y todo esto en tan poco tiempo que da la sensación de que se trata de una alucinación. La afición y los jugadores quieren soñar, pero entonces ven las cicatrices de los dos últimos años y saben que puede llegar otro tortazo en cualquier momento.

Cualquiera que haya visto al Celta en el pasado mes de diciembre se habrá dado cuenta de que es un equipo que sabe a lo que juega y que, además, agrada la vista del que lo ve. Todos corren como si fuera el último esprint, siempre para buscar la portería contraria, independientemente del rival y del resultado. Coudet sólo mira al marcador en los últimos minutos, porque tampoco es un suicida y sabe que a veces hay que resguardarse. Todo es poesía en el Celta. Incluso demasiado bonito para ser verdad. Lleva un ritmo casi de campeón y eso tampoco puede ser realista, pero Europa, esa palabra tabú, sí puede ser una realidad alcanzable. O quizás sea euforia desmedida. Lo que está claro es que la permanencia es una cautela desmedida también.



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