Sin fichajes no se renueva la ilusión

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Lo he comprobado desde niño. Uno de los grandes momentos de la temporada para cualquier aficionado es la llegada de fichajes deslumbrantes, de los llamados refuerzos de lujo. Un guiño estratégico y emocional que entendió a la perfección Florentino en su primera etapa como presidente. Nos trajo en cuatro veranos inolvidables a Figo (¡desnudando al Barça!), Zidane, Ronaldo y Beckham. Pero la llegada de los llamados clubes Estado (PSG, City…) fueron amedrentando su implacable puño de hierro en el mercado, hasta hacerle virar hacia una propuesta tan atractiva como arriesgada: fichar jóvenes adelantándose a su explosión como estrellas mundiales.

Eso te vale si los Vinicius, Rodrygo, Jovic, Militao, Odegaard, Kubo, Brahim, Reinier o Vallejo se hubiesen convertido en auténticos números uno en sus puestos. Pero al final te has gastado un dineral para chavales que en su mayoría se han quedado en el limbo de las llamadas eternas promesas. Ya sé que por el lado opuesto los 100 millones invertidos en un Top Five como Hazard han salido rana, pero es un caso tan extraño que difícilmente se repetirá. Si tú compras jamón ibérico de cinco jotas, lo normal es que esté para derretirse de rico al probarlo. Pero si compras recebo… compras recebo.

Es indudable que la pandemia ha hecho daño y que todos estamos ajustándonos el cinturón de los gastos. Es evidente que el club está ahorrando para poder afrontar desde 2023 la hipoteca del nuevo Bernabéu. Eso ya provocó que en los años 40, cuando don Santiago construyó el nuevo Chamartín, se notase en la cuenta de resultados. En aquellos años los blancos solo ganaron dos Copas del Generalísimo (1946 y 1947), pero en la siguiente década llegaron las cinco Copas de Europa. ¿El exigente madridista de ahora sabrá esperar unos años para tocar pelo?



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